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El umbral semiótico como clave de análisis del ingreso a la universidad

Resumo/Abstract

Imagem: Marina Kanzian

 

Maria Cecília Reviglio

Resumo

El artículo propone el uso de la categoría semiótica de umbral para describir e investigar cuestiones referidas al inicio de los estudios universitarios, objeto estudiado por otras ciencias sociales pero descuidado desde esta área de estudio que, creemos, tiene mucho para decir al respecto. A partir del análisis en detalle del concepto de umbral y de su puesta en relación con otras categorías como las de frontera lingüística, frontera semiótica, zona de pregnancia y puente transicional se realiza aquí una propuesta teórico conceptual para reflexionar sobre la dimensión semiótica que comporta la situación de ingreso a la universidad, en lo que tiene de transicional, de pasaje y también de iniciático.

Palavras-chave: umbral; frontera; universidad

Abstract

The article proposes the use of the semiotic category of threshold to describe and research issues related to the beginning of university studies. This object has been studied by other social sciences but neglected since this area of study that we believe has much to say about it. From detailed analysis of the threshold concept and its implementation in relation to other categories such as lingüistic border, semiotic border, pregnance zone and transitional bridge, we make a theoretical proposal to reflect on the semiotic dimension which involves the status of university entrance, as a transitional moment.

Keywords: threshold; border; university

Paper

Introducción

El inicio de la carrera universitaria marca un hito en la vida de una persona que puede ser abordado desde diferentes perspectivas. La Psicología y las Ciencias de la Educación se han ocupado de este momento singular desde diferentes vertientes teóricas. En los últimos años, incluso, la perspectiva de la alfabetización académica parece haberse extendido largamente. Este concepto de raigambre anglosajona señala

… el conjunto de nociones y estrategias necesarias para participar en la cultura discursiva de las disciplinas así como en las actividades de producción y análisis de textos requeridas para aprender en la universidad. (…) Designa también el proceso por el cual se llega a pertenecer a una comunidad científica y/o profesional, precisamente en virtud de haberse apropiado de sus formas de razonamiento instituidas a través de ciertas convenciones del discurso (CARLINO, 2009: 13-14).

Si bien ésta parece ser una perspectiva dominante en los análisis de los ingresos universitarios, es posible rastrear algunos conceptos que desde la Semiótica permiten analizar la situación del ingreso universitario y comprenderla de manera más acabada. El objetivo de este artículo es precisamente, dar cuenta de una articulación conceptual que permite pensar al ingreso a la universidad como una situación transitoria y transicional, de pasaje, en la que se suceden diversos colapsos semióticos que dan lugar a un momento de confusión propio de las etapas de transición.

El ingreso universitario: cronotopo de pasaje

El momento del ingreso es un momento singular ya que se trata de una suerte de etapa iniciática, inaugural en la que un grupo de sujetos comienzan a ser ciudadanos de una institución que hasta el momento les era ajena. Esa institución -la Universidad- impone determinadas reglas, normas, formas de vida y, del mismo modo, tal como lo señalara Mijail Bajtin (2005), tipos relativamente estables de enunciados a los que llamó géneros discursivos y que son propios de cada esfera de la comunicación humana. Así, los nuevos estudiantes deberán también apropiarse de un tipo de discurso, un tipo de género que les será imprescindible tanto para la comprensión de los contenidos a estudiar como para la producción de textos que den cuenta del aprendizaje conceptual y procedimental exigido por los planes de estudio vigentes.

La situación del ingreso universitario, entonces, supone un momento especial en la vida de un estudiante, signado por lo que la semióloga argentina Ana Camblog ha llamado umbral, es decir como

un tiempo-espacio de pasaje, un crono-topo de la crisis en la que un sujeto se encuentra comprometido en tanto enfrenta el límite de sus posibles desempeños semióticos, sean prácticas socioculturales en general, sean usos lingüísticos en particular (CAMBLONG, 2005: 33).

Este concepto, si bien tiene origen en la necesidad de explicar la situación del ingreso a la escolaridad de poblaciones bilingües, en tanto constructo teórico no se circunscribe al ámbito de la escolaridad o de la educación sino que permite dar cuenta de una multiplicidad de situaciones en las que los sujetos recorren un tiempo-espacio transicional, un espacio de frontera simbólico entre dos territorios también simbólicos. El concepto de umbral refiere tanto a ese espacio como a la acción de desplazarse en él para atravesarlo. Por todo esto, remite a discontinuidades –las que refieren a los límites– pero también a continuidades que dan cuenta del pasaje, del trayecto. Así, al tiempo que el concepto contiene los interpretantes de entrada, acceso, paso, límite entre un adentro y un afuera, trazo que marca una diferencia; el aspecto temporal remite a su carácter procesual. El umbral, entonces, es un límite pero también un espacio que permite una entrada. En este caso, se trata de la entrada a la universidad que supone el pasaje de un nivel educativo a otro, pero también un pasaje del mundo de la adolescencia al mundo de la adultez, de la independencia, de la responsabilidad. Así, es posible reconocer en la experiencia de ingresar a la vida universitaria, la metáfora del cruce de un umbral.

Si bien el concepto pareciera remitir a una materialidad física, en su dimensión semiótica, se trata de una materialidad simbólica. En tanto tiempo-espacio de pasaje y de transición, se configura como un crono-topo donde los regímenes de significación que el estudiante traía del espacio anterior al umbral, entran en crisis, ya que no parecen ser legítimos en la nueva espacialidad a la que se está ingresando, pero tampoco es posible hacerlos desaparecer de un momento a otro. Una situación singular tiene lugar, entonces, cuando los universos simbólicos previos estallan mientras los nuevos aún no pueden instaurarse. De ahí que Camblong señale en varios de sus trabajos sobre este concepto que la semiosis entra en crisis ya que el ingresante no se convierte en estudiante, en ciudadano universitario pleno cuando firma el formulario de ingreso a la Universidad. No se trata de un acto automático ni se concluye con un requisito burocrático, sino que se trata de un proceso mucho más complejo. Poco a poco, el alumno deberá ir volviéndose estudiante y esa transformación estará vinculada con la posibilidad subjetiva de sentirse parte de ese nuevo universo, con la apropiación de las reglas de juego institucionales y del modo de utilizarlas y, sobre todo, con la incorporación de las modalidades de lectura y de escritura características de la educación superior.

Estos dos conceptos referidos no son caprichosos ni arbitrarios. La diferencia entre ambos nos remite a una discusión etimológica respecto del origen de la palabra alumno. Por un lado, los estudios etimológicos más certeros refieren el origen de la palabra relacionado con el término latín alĕre que significa . niño alimentado intelectualmente. Así, se puede inferir que un alumno es alguien que se está alimentando de conocimiento. Sin embargo, en una etimología popular, se asocia el término a alumni identificado como sin luz, que los etimólogos advierten como erróneo. Más allá de los errores o aciertos etimológicos, esta última interpretación es la que más se ha difundido. De todas maneras, la idea de discípulo asociada a la de alumno remite a una idea más pasiva, ya que el discípulo es considerado clásicamente una tabula rasa a quien el maestro completa de conocimiento.

Mientras tanto, la palabra estudiante, usada hoy para nominar a aquél que aprende, la podemos encontrar ya en los monasterios medievales y particularmente en Santo Tomás de Aquino, quien reflexionó sobre la etimología de la palabra estudio. En relación con esto, afirmó que quienes abandonaban la búsqueda de la verdad eran quienes no estaban dispuestos a esforzarse en encontrarla, a hacer el sacrificio de la vida ascética para llegar a ella, por tanto quien quiere llegar a la verdad, o quien finalmente llega a ella es el estudiante, el esforzado. De allí que se empezó a denominar estudiantes a los monjes, que se dedicaban a buscar a Dios y a la verdad. Luego, el término se extendió a todo aquel que buscaba la verdad en un área del conocimiento determinada y, en una última deformación, se comenzó a denominar estudiante a todo aquel que se dedicaba a aprender.

De todas maneras, el proceso de transformación de alumno a estudiante refiere, en nuestra perspectiva, al pasaje de una posición contemplativa, más quieta, más cercana a la idea ya referida de discípulo como tabula rasa a un posicionamiento activo, responsable más propio del estudiante, cuya actitud activa está indicada en el sufijo “-nte” que la Real Academia Española señala de la siguiente manera: “Forma adjetivos verbales, llamados tradicionalmente participios activos (…). Significa ‘que ejecuta la acción expresada por la base’ (…). Muchos de estos adjetivos suelen sustantivarse”. Esta transformación, así como la apropiación del nuevo espacio y rol, requieren de un tiempo en el cual se va desarrollando un proceso. Ésos son el tiempo y el proceso del umbral, tiempo de ruptura en que “… el estudiante ingresa a un universo desconocido, una nueva institución que rompe con su mundo anterior”(CARVALLO, 2009: 28).

El umbral de ingreso a la universidad, umbral semiótico, se caracteriza —como toda situación de umbralidad— por la presencia de los siguientes términos (CAMBLONG, 2005):

  1. El crono-topo: tiempo-espacio de duración variable que “… amalgama en su unicidad un proceso de tránsito y transitorio, un pasaje de cronicidad efímera” (IBÍDEM: 33). En el cronotopo del ingreso a la educación superior se deben recorrer determinadas etapas para acceder a los aprendizajes universitarios. Se trata de un nuevo universo de características incoativas donde se comienza, se inaugura, se reinicia, se reintenta. Resulta particularmente interesante la referencia a los “reintentos” y los “reinicios” en las caracterizaciones de los umbrales que realiza Camblong, sobre todo en el territorio del umbral de ingreso universitario, ya que es frecuente encontrar en el primer año de las carreras, estudiantes que recursan materias (reintentan) o bien que comienzan una segunda carrera, luego de abandonar otra, es decir que reinician su vida de estudiantes.
  2. Sustentación lingüística: Las situaciones de umbral se caracterizan por alterar la producción lingüística, dificultándola e incluso, en algunos casos, imposibilitándola como resultado de un “debilitamiento del lenguaje en tanto práctica semiótica estructural y estructurante de las redes socioculturales” (IBÍDEM: 34).
  3. Relieves fácticos: Como contrapartida del debilitamiento del lenguaje verbal, cobran una singular importancia las significaciones encarnadas en los cuerpos: gestos, posturas, distancias, etc., para “establecer un incipiente vínculo que permita atar, amarrar la semiosis, para iniciar procesos de investimiento de sentido y atisbos de comunicación” (IBÍDEM).
  4. Pertinencia del silencio: El mutismo y la taciturnidad son rasgos que Camblong señala en su caracterización de los umbrales y las reconoce o bien como marcas de resistencia o bien como signos de indefensión. Esta cuestión se hace muy evidente en las clases en las que reina una suerte de mutismo por parte de los estudiantes, aún en las situaciones en las que el docente realiza preguntas a la clase en general. Hace falta mucha intervención y promoción de la participación por parte del docente para que los estudiantes tomen la palabra y, en general, lo hacen sólo algunos y de manera esporádica.
  5. Configuración de riesgo: Sobre esta cuestión, la semióloga reconoce dos riesgos posibles. Por un lado, define al umbral como una catástrofe semiótica en tanto el estallido de sentido que allí se sucede afecta a las organizaciones semióticas integrales. En este sentido, la confusión es un elemento muy presente en los umbrales universitarios.

    La confusión es una dimensión tan extendida en la experiencia universitaria de los estudiantes ‘no tradicionales’ que indica unapráctica institucional del misterio. Esta práctica del misterio (…) trabaja contra aquellos que están menos familiarizados con las convenciones en torno de la escritura académica, limitando por ende su participación en la educación superior (LILIS, 1999: 127 en CARLINO, 2009: 164).

    De ahí proviene uno de los riesgos. Pero también hay otro peligro en el umbral que radica en una permanencia excesiva. El umbral, en tanto territorio de pasaje y no de estancia, puede afectar los procesos de aprendizaje si su tránsito se demora o se resuelve de manera sólo parcial. Es decir que, desde esta concepción, la manera en que ese umbral se atraviesa será central para la vida estudiantil de los sujetos. En términos de Carvallo (2009) es preciso atravesar los momentos de filiación y de afiliación para convertirse en un ciudadano pleno y enfrentar el umbral de egreso de la universidad e ingreso al mundo profesional, preparado para ello.

De la misma manera que los umbrales educativos iniciales, el universitario también puede entenderse como una situación configurada por los primeros contactos del estudiante con la institución educativa, en la cual un sujeto se encuentra comprometido en tanto enfrenta el límite de sus posibles desempeños semióticos (CAMBLONG, 2005). Así, el estudiante que inicia su vida en la universidad, en tanto ingresa a un mundo semiótico nuevo, se pone de cara a sus posibles imposibilidades e incompetencias respecto de la actuación simbólica que de él se espera. ¿Será capaz de sumergirse en ese mundo de signos nuevos? ¿Podrá convertirse finalmente, en un interpretante de ese nuevo entorno semiótico? En otras palabras, ¿será capaz de atravesar el umbral?

Pensar el ingreso universitario desde el concepto de umbral, implica reconocer que dicha experiencia supone, para quienes la recorren, un momento de pasaje, de transición difícil de habitar.

El umbral es un espacio de tránsito y transitivo; no es un lugar que aluda la ‘estadía’, la ‘morada’: el umbral supone ‘entrar’ o ‘salir’, no ‘habitar’. De ahí que la dimensión temporal de la umbralidad diseña una duración efímera, pasajera, breve (Camblong, 2003: 24).

Es por esto que una permanencia demasiado extensa en el umbral entorpece la apropiación del nuevo espacio y con ello, el aprendizaje mismo, objetivo central que baliza la razón de ser de las instituciones educativas. Esta delimitación de espacios, esta zona de frontera donde todo se confunde, genera también la mixtura como un elemento presente en los umbrales. Algo de lo que se deja detrás y también algo de lo que se inaugura en el umbral se hacen presentes de manera coexistente.

Hacia la construcción de una posible constelación: Umbral, frontera, zona de pregnancia

Los significantes de mixtura por un lado y de frontera por el otro, que suponen la noción semiótica de umbral pueden vincularse con otro par de conceptos provenientes también del campo de los estudios del lenguaje. Se trata de las ideas de frontera del lingüista francés Antoine Culioli y de zona de pregnancia, del mismo autor, retomada y desarrollada por el brasilero Antonio Fausto Neto. La noción de zona de pregnancia da cuenta de los modos en que los atravesamientos de enunciación presentes en las fronteras de los territorios de los mass-media impregnan las actividades tecno-discursivas de los campos sociales. El investigador las define como “espaço onde se produziriam afetações, acoplamentos de processos discursivos” (FAUSTO NETO, 2008: s/n), que actúan transversalmente permeando las diferentes prácticas sociales.  En este sentido, si por pregnancia se entiende la combinatoria de modalidades de enunciación (Cf. TRAVERSA, 2009), el umbral se constituye en zona de pregnancia, en tanto espacio donde se dan estas combinatorias y en algún modo ciertas mixturas que lo construyen como un espacio enunciativo híbrido. Así, las jergas y modos del decir típicos del mundo de los jóvenes se mixturan en este espacio con la doxa académica predominante en los ámbitos universitarios, dando lugar a tipo de enunciación producto de cierto imaginario portado por los estudiantes respecto de lo que supone usar el discurso formalmente, imaginario que se materializa en un tipo de discurso muchas veces de orden solemne, acartonado, con sintaxis rebuscada y, por lo tanto, difícil de comprender.

Estas zonas de pregnancia se ubican en una suerte de reconfiguración de las fronteras lingüísticas, concepto que había sido ya desarrollado por Culioli. En un trabajo de 1986 editado recientemente en castellano, el lingüista define la frontera de la siguiente manera: “… lo que tiene la propiedad ‘P’ y al mismo tiempo la propiedad alterada, que hace que ya no sea más totalmente ‘P’, que eso no tenga la propiedad ‘P’, pero no sea totalmente exterior” (CULIOLI, 2010: 190). La frontera, entonces, estaría conservando propiedades, es decir aquello que le da una identidad y no otra, la cualidad esencial a algo, pero al mismo tiempo esas cualidades estarían alteradas. La frontera sería, para Culioli, la forma dominante -pregnante- que se colocaría entre dos complementarios. Así, la frontera sería ese espacio que media entre la escuela secundaria y la universidad. Aunque situemos ese umbral ya en el tiempo-espacio de la universidad, no deja de ser un espacio heterogéneo, de transición que se ubica en la frontera y da lugar al surgimiento de una zona de pregnancia, incluso de un umbral. En palabras del propio Culioli: “… construiremos (…) una frontera, ya sea esta frontera un umbral o una zona de alteración, de transformación” (IBÍDEM).  En este mismo sentido, en otro trabajo dirá que “frontera es un espacio que reúne en su interior, su exterior, un externo pero también una zona de alteración, de transformación en zona de pregnancia” (CULIOLI, 1990: 90).

La idea de frontera puede rastrearse en un sentido diferente del geográfico-político no sólo en el plano de la Lingüística, sino que existe todo un desarrollo semiótico de esta noción articulado con el concepto de umbral que aporta algunos elementos pertinentes para analizar la situación de ingreso a la universidad. En primer lugar, se señalará que fue Iuri Lotman quien introdujo el concepto de frontera en el campo de la semiótica. La frontera era, para él, el borde de la semiosfera, su límite, su confín. La semiosfera es “… el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis” (LOTMAN, 1996: 24). Desde esta perspectiva, la semiosfera es una gran estructura, un continuum que excede la suma de sus partes. Se trata, en realidad, de “… una esfera que posee rasgos distintivos que se atribuyen a un espacio cerrado en sí mismo. Sólo dentro de tal espacio resultan posibles la realización de los procesos comunicativos y la producción de nueva información” (IBÍDEM: 23). Entre otros rasgos distintivos, la semiosfera  tiene carácter delimitado y en tanto universo definido, supone una frontera que designa ese límite, concepto fundamental -al decir del propio Lotman- del carácter semióticamente delimitado. Como no se trata de un concepto que refiera a las ideas de territorio, sino de límites semióticos, la frontera de la semiosfera está compuesta por “… la suma de los traductores-‘filtros’ bilingües pasando a través de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje (o lenguajes) que se halla fuera de la semiosfera dada” (IBÍDEM: 24. Cursivas en el original). Es decir que en esta concepción de frontera, no se encuentran solamente los interpretantes de límite, de barrera que no deja entrar nada externo, sino que se trata de los mecanismos por los cuales se hace posible que lo externo ingrese a lo interno, con las consecuentes transformaciones que esto supone.

La frontera semiótica, entonces, sería una suerte de zona de pregnancia –en palabras de Fausto Neto– en la cual lo externo se impregna de los códigos internos para poder ingresar. Sin embargo, aquí no sólo se transforma lo externo en interno, sino que también lo interno es traducido –término utilizado largamente en los planteos semióticos de Lotman– a los códigos de lo externo y es en este doble juego de traducción que una semiosfera puede establecer contactos con espacios alosemióticos, traduciendo los mensajes externos al lenguaje propio y convirtiendo los ‘no mensajes’ internos en información. Por ello es posible relacionar la idea lotmaniana de frontera con la de zona de pregnancia. Es decir, una zona en la que se dan las operaciones de traducción que, en el universo conceptual lotmaniano, serían operaciones de transformación, es decir, de comunicación, ya que, precisamente la comunicación para Lotman está formada por operaciones de transformación y traducción.

Herederos de estos planteos, se encuentran otros desarrollos del concepto de frontera. Por ejemplo, Rizo García y Romeu Aldaya la definen como el “… perímetro que segmenta, distingue y separa identidades, grupos, representaciones, significados, culturas” (RIZO GARCÍA y ROMEU ALDAYA, 2009: 48) y la identifican como ineludible en cualquier proceso de comunicación aunque no remita necesariamente a situaciones conflictivas. De todas maneras, las fronteras son espacios donde, por definición, se desarrollan luchas simbólicas que pueden tomar forma de negociación o bien de conflicto, no exentas de tensión, elemento constitutivo, ya que en el espacio simbólico -no necesariamente físico- confluyen dos universos de sentido diferentes. Con lo cual parece difícil encontrar situaciones de comunicación donde las fronteras no remitan a cierta conflictividad, sobre todo si se tiene en cuenta que, tal como Lotman mismo desarrolla en sus planteos, el concepto de tensión está presente en toda semiosfera y está dada por las resistencias de fuerzas que los espacios de emisión y recepción oponen uno al otro. “La comunicación lingüística se diseña para nosotros, dice, como una tensa intersección de actos lingüísticos adecuados e inadecuados” (LOZANO, 1999: s/n. Cursivas en el original).

Así, el umbral del ingreso a la universidad se erige como una frontera semiótica que separa la cultura escolar de la cultura universitaria, o, lo que es lo mismo, la semioesfera escolar de la semioesfera universitaria. En esa frontera los ingresantes deben establecer una comunicación con quienes ya están del otro lado: docentes, administrativos, otros estudiantes que poseen los códigos universitarios. Aquí la traducción es de vital importancia, porque precisamente, de los mecanismos para traducir uno y otro de los códigos ajenos dependerá que los ingresantes puedan atravesar la frontera y apropiarse del sistema de codificación de la nueva semiosfera a la que se incorporan para transformarlo en un sistema propio. Ello es posible, en tanto la frontera supone una “… infinita capacidad de cambio, de modificación permanente. La frontera, como sistema complejo, nos permite pensar en situaciones no lineales, penetradas por distintas dimensiones, en distintos tiempos, desordenadas” (RIZO GARCÍA y ROMEU ALDAYA, 2009: 49).

Vinculada a estos conceptos, Spector-Bitan elabora la metáfora del puente transicional:

El puente es imaginario, y se encuentra en lo que Winicott denomina ‘espacio transicional’. En ese espacio, entre la realidad y el sueño, se erige mi puente, envuelto en nubes, con tramos de sol y canto y otros de tormenta y lágrimas (SPECTOR-BITAN, 2009: 21).

Esta idea de puente que la autora construye para hablar de la experiencia del inmigrante y de la adquisición de la lengua del territorio que lo recibe, puede -con las modificaciones pertinentes- aplicarse a la situación del ingreso universitario. Así, el ingresante a la universidad deberá cruzar ese puente transicional hacia otro territorio, hacia otro lugar de pertenencia.

Umbral, frontera, zona de pregnancia, puente transicional, todos ellos conceptos semióticos que, integrantes de la misma constelación conceptual permiten pensar el ingreso a la universidad como un espacio de tránsito, provisorio, singular donde la heterogeneidad y la novedad se hacen presentes para conformar una zona de continuidades y discontinuidades en la que la semiosis entra en crisis y los universos de sentido requieren ser pensados nuevamente.

En conclusión, el concepto de umbral no sólo recupera la idea de frontera lingüística y configura una zona en la que se mixturan diferentes regímenes enunciativos, sino que además, fue construido para abordar una situación educativa en la que dos o más lenguajes entran en conflicto. Si en ese caso, la idea de frontera no sólo es lingüística, es decir, que no funciona de modo metafórico, sino en el plano de la denotación –en tanto se la aplica para dar cuenta de situaciones de fronteras geográficas–, en el caso del ingreso a la universidad, tanto la noción de frontera como la de umbral revisten rasgos metafóricos fuertes que refuerzan su pertinencia para dar cuenta de una situación compleja que se despliega en diversos niveles: no ya sólo discursivos, sino también de corte educativos, psicológicos, cognitivos, etc.

Bibliografia

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CAMBLONG, Ana María. Mapa semiótico para la alfabetización intercultural en Misiones. Posadas: Talleres Gráficos La Impresión, 2005.

CAMBLONG, Ana María. Macedonio. Retórica y política de los discursos paradójicos. Buenos Aires: EUDEBA, 2003.

CARLINO, Paula. Escribir, leer y aprender en la universidad. México: Fondo de Cultura Económica, 2009.

CARVALLO, Silvia. Palabras públicas. Voces, ecos y silencios en la escritura: Categorías para el Análisis Crítico de Discursos Institucionales y Periodísticos. Posadas: Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones, 2009.

CULIOLI, Antoine. Escritos. Buenos Aires: Santiago Arcos Editor, 2010.

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LOTMAN, Iuri. Cultura y explosión: Lo previsible y lo imprevisible en los procesos de cambio social, Barcelona: Gedisa, 1999.

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RIZO GARCÍA, Marta y ROMEU ALDAYA, Vivian. Interculturalidad y fronteras internas. Una propuesta desde la comunicación y la semiótica. DeSignis. Buenos Aires. N° 13: Fronteras. La Crujía, 2009.

SPECTOR-BITAN, Graciela. El exilio del lenguaje. Identidades e inmigración. DeSignis. Buenos Aires. N° 13: Fronteras. La Crujía, 2009.

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